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viernes, 29 de marzo de 2013

Tener tiempo




Hoy me puse a ver dos películas japonesas, lentas...muy lentas...pero me vi mágicamente absorbida por ellas, no podía dejar de mirar. Y de hecho descubrí que me fascinaban, mientras al mismo tiempo me incomodaban. 
Al finalizar las películas, me quedé pensando por qué había experimentado esas sensaciones contradictorias. Por qué me fascinaba y molestaba al mismo tiempo el hecho de que tardasen eternidades en abrir y cerrar una puerta, que todo fuese hecho con lentitud, que hubiera tantos protocolos que ya no sabías qué era protocolo y qué era auténtico, por qué se quedaban horas maravillados frente a las flores de un cerezo o que escribieran cartas como si fuese lo único que hacer en el día. 

Y llegué a la conclusión de que tenían tiempo. Tenían mucho tiempo. Tenían tanto tiempo durante el día que cada acto que hacían podía volverse arte. El arte de sentarse, el arte de caminar, el arte de cocinar, el arte de escribir, el arte de mirar. Tenían tanto tiempo, que incluso se perdía la noción de tiempo.

Creo que me molestó porque no estoy acostumbrada a tener tiempo. A verdaderamente tener tiempo. He perdido la capacidad de perder la noción del tiempo. Me acostumbré tanto a mirar el reloj cada 5 minutos que el día se convirtió en un cálculo perfecto. Nada está fuera del tiempo, todo está calculado y pensado a la perfección y que nada salga mal porque desequilibra el resto del día.

Pero a su vez me maravillé y fasciné con las películas porque no hay nada que preferiría más que perder la noción del tiempo y literalmente perderme en el día. No hay nada que ansío más que el poder hacer arte con la mirada, arte con mi caminar, arte con mi respirar, arte con mi vivir. El poder crear arte por el simple hecho de tener tiempo para vivir únicamente lo que estoy haciendo, y que afuera pase el tiempo en silencio sin que yo me entere. 

¿Qué más lindo que saber que puedo caminar sin importar cuándo llegue, con tal de que llegue en algún momento? Qué placer poder observar la naturaleza a mi alrededor sabiendo que no tengo que estar en ningun otro lado en este día. Y qué felicidad poder quedarme viendo toda una tarde una flor de cerezo, apreciando su belleza, festejando su existencia, sin sentir que estoy perdiendo el tiempo.

A veces siento que tengo esa gran capacidad (que seguramente no sea una verdadera capacidad) de meterme en las películas de tal modo de sentir que yo misma estoy ahí. Cuando veo a los personajes caminar por el medio de un bosque, me imagino que puedo sentir la tierra, que realmente puedo oír los sonidos de la naturaleza, y que puedo oler el aire fresco. Y cuando alguien está escribiendo con pincel, puedo sentir en mi cuerpo la sensación de la pluma sobre el papel, puedo imaginar la presión que genera la mano mientras traza los símbolos, puedo percibir la sensación que generaría cada fibra de pincel sobre mi piel. 

Me incomoda ver estas películas, porque puedo vivenciar cosas que jamás vivencié. Empiezo a sentir un vacío en el pecho, un cierto tipo de presión aplastante, como si añorara algo que en realidad nunca tuve. Y es incómodo sentir que conozco algo que jamás conocí. 

A veces, no siempre, desearía tener una vida sin tiempo. O que el tiempo sea natural. Cada vez me agota más el hecho de tener que planear, ponerle tiempos, calcular, correr. Me cansa saber que mañana "tengo que hacer tal cosa" y que pasado "tengo esto otro" y que en 3 meses "está lo otro". 

Y a veces me detengo en plena calle y me quedo observando una escena bella, y me encuentro sonriendo y en mi mente surge la frase "apreciá este momento porque estás viviendo el ahora". Pero pronto, demasiado pronto, recuerdo "aquello otro" que me está esperando, y vuelvo a mis andanzas, a mis corridas, a mis slaloms entre multitudes, mi corazón acelerado, mi respiración agitada. 

Me duele ver estas películas. No las entiendo, o las entiendo demasiado bien. 
Pero me fascina verlas. Me recuerdan de alguna manera aquello que soy, o que alguna vez he sido hace mucho, mucho, muchísimo tiempo.

Y me pregunto "qué estoy haciendo?".  

Quiero recordar. Quiero vivir aquello que no sé si alguna vez viví en esta vida. Quiero salir de aquel lugar y caminar por una calle solitaria, sin miedo, sin preocupaciones, sabiendo que en algún momento llegaré a donde tengo que llegar.

Y en este momento recuerdo la expresión "alma vieja" y por un segundo me conecto con ese concepto y algo en mí me dice que tengo que recordar. Me dice que estoy dormida, que no estoy realmente viendo. 
Aquella búsqueda vuelve a latir en mí, la búsqueda de lo innombrable, de lo desconocido, de aquello indefinible que recién el día que lo encuentre podrá ser nombrado.





viernes, 28 de septiembre de 2012

El chico del árbol




A veces siente nostalgia cuando piensa en su adolescencia, pero también le trae una cálida sensación de alegría. Se sentía tan grande, y a su vez era tan chiquita. Y lo mejor de todo era que sabía que era chica, pero se sentía muy adulta a pesar de ser chica. Ella supone que es una cualidad que guarda hasta el día de hoy.

Vivía cada día a pleno, disfrutaba de sus actividades, y sobre todo, tenía un futuro armado en su cabeza, mientras que a su vez fantaseaba con todas las posibilidades que se le presentaban.

Cada día cuando iba al colegio, podía sentirse dichosa con el único fin de verlo. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, pero quería disfrutar el poco que le quedaba. Lo había conocido cuando él estaba a mitad de su anteúltimo año, y cuando uno no quiere que pase, el tiempo vuela como nunca.

Lo extraño es que hoy en día no recuerda cómo empezó a hablar con él. Sólo tiene la imagen de él sentado en el jardín del colegio, apoyado contra un árbol, leyendo. Siempre leyendo. Era alto y flaco, pero con una espalda ancha. Su cabello castaño oscuro solía estar un poco desordenado, y como se lo dejaba un poco más largo, quedaba aún más despeinado. Pero ese aspecto era el que le gustaba a ella. Lo veía distinto a los demás. Siempre tan calmado leyendo, apoyado en el mismo árbol. Era alto para su edad, y su carácter tranquilo y serio lo hacía parecer más grande de lo que en realidad era.

Todos los días lo buscaba en los recreos, y si podía escaparse en medio de una clase, también aprovechaba para ver si él estaría ahí contra ese árbol. Ella generalmente era una chica tímida que no se animaba a hablarle a los chicos así porque sí, y menos demostrarle a alguno que estaba interesada en él. Pero con este chico era distinto. No le importaba qué podría llegar a pensar él de ella ni de sus sentimientos hacia él. Tampoco le importaba ser rechazada. De hecho no tenía mucha esperanza debido a la diferencia de edad que a esa altura era bastante, pero aún así una pequeña llama de esperanza flameaba en su interior, por lo que nunca se rendía ante su frialdad.

No era que ella lo persiguiera o acosara. O tal vez él lo veía así, pero tampoco hacía mucho para evitarla. Ella siempre pensaba que si tanto le molestaba, podría no aparecer en el mismo árbol, podría esconderse de ella, buscarse otro lugar ya que el colegio era lo suficientemente grande como para no ser encontrado si no quisiera. Pero sin embargo él no se alejaba, ni se escapaba de ella, por mucha cara de molestia que pusiera. Entonces ella lo seguía buscando, y se sentaba a su lado a acompañarlo, y él la dejaba.

No sabía de qué hablarle, y sin embargo siempre encontraba algún tema, y de alguna forma que ni siquiera ella entendía, terminaban hablando y riéndose. Ella era bastante más chica que él, y sabía que los compañeros de él seguramente se reían de ella, y no creía que él la defendería tampoco. Ella conocía su vergonzoso lugar de chiquilla enamorada, y sin embargo no le importaba cómo quedaba ante sus propias compañeras ni ante los compañeros de él. Él la trataba bien, por mucho que a veces la cargara y le demostrara su molestia, la trataba bien y era extremadamente amable con ella y eso era lo único que le importaba.

Día tras día lo buscaba, y lo encontraba sentado bajo el mismo árbol, con la misma calma. Su corazón se alegraba cada vez que lo veía. Todos los demás desaparecían para ella, y sólo lo veía a él. Se despedía de sus amigas, y corría hacia él para sentarse a su lado. Y así pasaba el tiempo sin que se diera cuenta. Cuando estaba con él, el tiempo dejaba de existir. Simplemente no le importaba más nada, sólo su presencia. Por muy vergonzosa que fuera en otros casos, frente a él actuaba libremente, lo hacía reír, le agarraba las manos, le hacía dibujos. Por muy tonta que se sentía, incluso le regalaba dibujos que había hecho para él. Cuando aún no sabía cómo se llamaba, le había puesto un sobrenombre que siguió usando aún una vez averiguado el nombre. Ella sabía en el fondo de su corazón cuán lejos se encontraba él de ella, y sin embargo disfrutaba esos momentos tan especiales con él. Sabía que serían momentos que nunca olvidaría.

Y así pasaron los meses. Con el tiempo descubrió que compartían un amigo de la misma edad de él, un compañero de clases. A su amigo lo había conocido ella en un curso de astronomía y se habían llevado bien desde el primer momento debido a compartir varios gustos y formas de ser. Resultó que él estaba bastante amigado con el chico misterioso del árbol, y varias veces acompañó a su amigo al curso de astronomía, por lo que los tres se pasaban horas hablando de la vida bajo el cielo estrellado. Ella era feliz así, en esos momentos a solas con él, o incluso cuando se encontraban los tres. Sabía que era una situación milagrosa que se diera todo tal cual se estaba dando. Sabía cuán afortunada era.

Él le daba mucho, a pesar de la distancia que mantenía. Por muy frío y distante que actuara a veces, accedía a los encuentros, a las charlas, al contacto. Participaba de los silencios, de las risas, de los chistes. Participaba del juego que se había generado entre los dos. Ella, conociendo los límites pero aún así siendo feliz con lo que recibía. Él, sabiendo lo que le pasaba y aceptando el cariño que venía de su parte. Era un juego entre los dos que sólo ellos conocían y entendían. Nunca tuvieron que mencionarlo ni darse explicaciones. Él sabía lo que a ella le pasaba, y ella sabía que él sabía y que ahí estaba el límite que no podría cruzar jamás. Muchas veces se miraron sin palabras, y ambos sabían, y ambos se aceptaban. Hoy en día ella cree que había cariño de ambas partes. Ella cree (o decide creer) que él a su manera la quería y que en el fondo agradecía el cariño que ella le daba sin esperar nada a cambio. Y ella también sentía que a él le hacía bien ese cariño, por lo que nunca dudó en dárselo.

Y así pasaron 6 meses, y luego otro año. Él se graduó, ella siguió en el colegio. El contacto se perdió ahí, pero de alguna forma ambos se habían acompañado durante esa etapa. Habían sido encuentros fugaces, momentos que habían pasado demasiado rápidos como para darse cuenta que el tiempo pasaba.
Hoy en día ella recuerda esos momentos. Sabe que él seguramente ya se habrá olvidado hace mucho de toda esta historia. Pero ella no lo olvida, ni olvidará jamás cómo la hacía sentir. Y así ella se despide de las estrellas y de los recuerdos que estas suscitan en ella, y su corazón nuevamente se cierra a esa parte de su pasado. 

lunes, 6 de agosto de 2012

Que no me afecte




Que no me afecte el dolor
el paso del tiempo
el deterioro.

Que no me afecte la soledad
la depresión
la tristeza ajena.

Que no me afecte el silencio
la mirada expectante
la luz apagada.

Que no me afecte la palabra
la dicha y la no dicha.

Que no me afecte el recuerdo
de lo que hubo
y de lo que no hubo.

Que no me afecte la frustración
el enojo
ni la desilusión.

Que no me afecte el contacto
el encuentro
la relación.

Pero sobre todo
que no me afecte que me afecte
que sufra, que llore, que duela
que encuentre, desencuentre, pierda
que desespere, se pase el tiempo o se detenga.

Que no me afecte el afecto
el sentimiento
la emoción.