miércoles, 14 de septiembre de 2011

La dificultad de los abrazos

Después de mucho tiempo retomo estos prados de la escritura. Prados tan desconocidos a esta altura. Cuando el tiempo corre sin parar y uno ha comenzado a correr a la par, se vuelve difícil detenerse para escucharse.

Comienzo con un pensamiento que deriva de una sensación vivida en repetidas circunstancias, que a su vez equivale a lanzarse a pecho abierto contra una lanza filosa. Duele sincerarse, duele darse cuenta, duele poner en palabras lo que uno tan bien conoce de sí mismo.

Cuán difícil puede ser dar un abrazo sentido, sin más intención que abrazar por el propio bienestar y el ajeno? Un abrazo que no espera nada, que no pide nada, que no tiene segundas intenciones, que no implica pensamientos o temores que despiertan en el inconsciente hasta que lentamente se hacen conscientes y nos lleve a detenernos ante nuestro fatal error de haber estrechado los brazos hacia un semejante.

Hoy en día, no sólo es difícil sino casi imposible.

Muchos dirán "pero por qué si yo abrazo todos los días!". A quién? A mis familiares, a mi mejor amiga, a mi novio, a mi marido. Generalmente (aunque no siempre) es fácil bajo estas circunstancias conocidas estrechar los brazos sabiendo que uno será recibido y que el otro esperará ese contacto físico tan "íntimo".

Pero qué pasa en esas situaciones donde se sabe que el otro no lo espera? Qué pasa cuando abrazar equivale a lanzarse al abismo con los ojos cerrados, sin saber qué encontrará después del vacío?

Me quedo mirando a esas personas desconocidas y familiares a la vez, esos rostros que veo tantas veces, que conozco hace años o hace tan sólo meses, pero que no me atrevería a llamar más que compañeros o conocidos debido a la falta de contacto, de expresión, de apertura hacia el otro. Una sensación de impotencia invade mi cuerpo, me ahogo en una frustración sin igual, y me encuentro con la mirada perdida en el atardecer, preguntándome qué hemos hecho de nuestro corazón. Inevitablemente me pregunto si soy yo el problema al no poder comprender y adaptarme a esta sociedad en la que todos vivimos, o si las personas se han vuelto tan temerosas que han encerrado sus sentimientos en los rincones más profundos de su ser, limitándose a ver tan sólo lo que sus sentidos sensoriales pueden captar en las capas más superficiales de cualquier situación.

Me refugio en mi misma, abrazando a mi propio ser que parece estar cayéndose a pedazos debido a esta soledad social y me pido comprensión, paciencia, entendimiento y la suficiente sabiduría interna como para seguir avanzando con firmeza. Me pido tiempo. Tiempo para comprender a la existencia humana. Tiempo para aprender a amar sin esperar recibir. Tiempo para reecontrarme en este laberinto en el que me he aventurado. Tiempo para volver a sanar esta herida del espíritu.

Intento...hacerme entender. Me detengo, me observo, sé lo que siento, pero me resulta tan difícil expresarlo. Cómo expresar lo que mi interior siente? Cómo expresar lo que ni yo comprendo? Cómo expresar lo que no tiene palabra alguna más que un eterno silencio y una mirada llena de cansancio?

Sí, cansancio. Cansancio de tanta opresión interna, de tanta lucha. Qué lucha? No podría decirlo. Decir que no es de esta vida es entrar en terrenos inestables, por lo que me limito a decir que va más allá de mi comprensión.

Y me pregunto qué debo hacer con esta vida que he decidido transitar y que tanta alegría me trae cada día. Nadie, ni yo misma, podría objetar que mi vida es de aquellas envidiables por todo lo que me tocó vivir, y todos los increíbles seres que caminan a mi lado.

Pero cuando me encuentro indefensa en situaciones donde mi ser ve tanta belleza interna en otros seres y siente el deseo de compartir y expresar todo el agradecimiento por haberme permitido conocerlos aunque sea por un instante, y mi propio temor me impide ser quien soy, tan sólo queda la soledad de una existencia enjaulada bajo los duros golpes de una mente racional demasiado irracional.

...

Vuelvo a una claridad más comprensible. Me he dado cuenta (o mejor dicho, me he tomado el tiempo de intentar redactar lo que ya sé hace tiempo) que me he dejado llevar por las consensuadas restricciones no verbales que parecen existir entre las personas.

Cuando hace no mucho recibí de manera sorpresiva el abrazo sincero de un compañero, noté, llena de horror, que me había quedado helada, llenándose mi mente de pensamientos desatrosos de miedo, del qué dirán, de confusión y congelamiento automático de todo el cuerpo. En otras palabras: me quedé paralizada.

Y lo peor de todo es que no fue porque no quería ese abrazo o porque me había parecido fuera de lugar. Ni siquiera había sido dado sin razón. Sino que había pasado tanto tiempo sin que hubiera recibido un abrazo de ese estilo que me había olvidado lo que se sentía, incluso de que existía.

También me di cuenta, y esto debe ser lo más desastrozo, que en alguna parte de mi ser se había generado miedo. No miedo a recibir abrazos de esta índole, sino miedo a darlos desde mi más profunda sinceridad y buena intención debido a que muchas veces habían sido malinterpretados, o mal vistos, o habían generado tanta incomodidad o confusión en el otro que poco a poco me prohibí expresar cualquier tipo de afecto sentido.

Y como si esto fuera poco, a no muchos días de lo sucedido repentinamente me sorprendió el hecho de que alguien ajeno a mi círculo conocido, familiar o amoroso, me había preguntado, así de la nada, como por arte de magia, por mi vida. Pero no el simple "Cómo estás?" desatento, sino ese tipo de preguntas que sabés que no alcanza con un "Bien bien."

Más allá de que mi primer reacción fue largarme a llorar a cántaros sin razón alguna (agradezco a mi auto-control como pocas veces antes por contenerme), y que luego me encontré repentinamente hablando sin parar de cualquier cosa menos de la que quería hablar sin saber siquiera de qué quería hablar, me sentí (y esto sonará horrible y totalmente despreciable) culpable por robarle el tiempo a esa persona en ese momento.

Sentí confusión, una sensación extraña de no saber cómo comportarme ya que hacía tanto que no me encontraba en una situación así. En cuanto pude me escabullí a tomar aire, a enfocarme, a sentir los rayos de sol y dejarme absorber unos instantes por ese silencio que sólo la naturaleza me puede ofrecer. Y sí, quise desaparecer, y sin embargo, allí estaba, tratando de inspirar y expirar y a su vez estando profundamente agradecida por esa oportunidad. Y me sentí horrendamente frágil.

Vuelvo a preguntar: Cuán difícil puede ser dar un abrazo sentido, puro, despreocupado, pero lleno de amor incondicional? Cuánto cuesta un momento de confianza plena, de "estar presente"?

Viéndome hoy en día puedo ver cuántas veces siento la necesidad de poder expresar aquellos sentimientos que surgen de la supuesta nada, y sin embargo mis brazos no se mueven, mi cuerpo se congela, y por mucho que quisiera decir "gracias por existir" me resigno a pensar que no será comprendido, que serán más palabras confusas en un mundo que ya de por sí rebalsa de confusión.

Y me encuentro ante la inevitable pregunta de cuánto tiempo podré seguir convenciéndome de que algo en mí no funciona bien.

Miro a aquellos compañeros, a aquella gente conocida, y en mi interior mi alma los abraza lleno de gratitud por su presencia, su apoyo indirecto, su simple estar en el mundo. No puedo evitar que aquella impotencia me devore por dentro, pero al menos puedo regalarme ese momento de sinceridad mientras mi mirada se pierde en el horizonte.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Miradas


A veces una simple mirada profunda alcanza para alegrarle los días venideros a alguien. Nos puede hacer entender que somos apreciados, queridos, pensados, sin importar la distancia que puede haber. Que para alguien somos “algo” y significamos algo, que aún sin siquiera saberlo ocupamos un mínima fracción de segundos de su pensamiento.

Recuerdo aquellas personas que conocí y hoy ya no están al alcance de la mano. Aquellos a los que no se les puede ir a visitar con un colectivo, subte o taxi. Caminando menos que menos se llega, y la cuenta del teléfono aumentaría mucho si se los llamara cada vez que se quiere.

Siempre están los medios como internet para contactarse, pero como toda tecnología, no transmiten lo que uno quiere expresar, ni llenan los vacíos reservados para los sentimientos. Son tan solo un medio alternativo, cuando ya ningún otro medio sirve.

Hay que agradecerle al menos a esos medios tecnológicos por existir. Sin ellos muchos de los contactos que a pesar de todo podemos tener no existirían. Viviríamos pensando cada día “qué habrá sido de aquel, qué será de aquel otro?”. Siempre imaginando, deseando, esperando alguna señal de vida que tal vez nunca llegaría.

Gracias a la tecnología hoy en día podemos vernos a pesar de las distancias. Hablarnos a pesar de los océanos que nos separan. Encontrarnos y acompañarnos en tantos momentos diarios, como si estuviésemos más cerca que nunca.

Pero sigue siendo sólo una ilusión. Porque a través de una computadora no se pueden dar abrazos, ni transmitir sentimientos o sensaciones, ni movernos cuando queremos movernos o estrechar nuestra mano y encontrarnos con la de otro ser. Es mirar una pantalla, imaginando la cercanía del otro…pero tan sólo imaginando algo irreal.

Y es en esos momentos que uno se da cuenta de cuánto vale una mirada. De todo lo que se puede lograr tan sólo con los ojos, aquellos que se hacen llamar los espejos del alma. Bien que lo son cuando sentís que podes ver todo a través de ellos. Que no hacen falta palabras para comunicarte, porque seria una falta de respeto hacia el respeto de las miradas.

Hace rato que siento que por mucho que alguien intente disfrazarse bajo capas y capas de máscaras y personajes, los ojos son los únicos auténticos que no tienen forma de disfrazarse. Porque son sólo ellos los que nos dan una visión de nuestra vida, los que nos hacen ver nuestro mundo. Si los disfrazáramos, sería inimaginable ver el mundo tal cual lo es para nuestra propia concepción. Veríamos un engaño, pero a diferencia de lo habitual, estaríamos al tanto del mismo.

De esta forma empecé a confiar en las miradas, en los ojos de las personas. Y es una sensación fuerte el darse cuenta cuando una mirada no expresa nada, al mejor estilo zombie. Sin sentimientos, sin amor, sin razón de ser… como si estuvieran dormidos, sin ver lo que hay frente a ellos. Pero cuán grande el cambio cuando los ojos están radiantes de vida, llenos de sentimientos, transmitiendo una alegría y energía indescriptible. Algunas miradas más profundas, otras mas tristes, otras llenas de historias y nostalgias, otras soñadoras, misteriosas, atractivas o tan llenas de paz que logran transmitir ese sentimiento a quien los mire y sea receptivo a estos detalles.

Hace mucho que no escribía. Y sin embargo he sentido una fuerte necesidad de plasmar en palabras los sentimientos y situaciones que vengo viviendo u observando. Ha habido muchos cambios, muchas nuevas decisiones que tomar. Uno se da cuenta que va cambiando, que los pasos se hacen mas firmes a medida que transcurre el tiempo, y que levemente las huellas van cambiando de rumbo sutilmente. Buscando, siempre buscando mejoras. Buscando el camino que nos identifique más que el anterior. Buscando aquellos pasos que nos hagan un poco más felices y enteros que el día anterior. Lo importante en esto es no estancarse, ya que el estancamiento significaría pudrirse desde las entrañas, hasta que un día nos damos cuenta que hemos perdido la sonrisa y el brillo de nuestros ojos.

Pero he visto que muchos confunden el estancamiento con la rutina. Sin embargo no creo que la rutina necesariamente conduzca a un estancamiento interior. Para que esto suceda sí o sí tiene que haber una rendición proveniente de la persona misma, sin influencia alguna de su exterior. Y a su vez, esa rendición se vería automáticamente reflejada en su mirada, sin poder ocultar el sentimiento de tristeza y abandono que reflejaría inevitablemente su interior. Porque no olvidemos que las miradas no engañan…o al menos no desde su origen y verdadero ser.

Quiero seguir encontrándome con las miradas de las personas. Encontrarme en ellas, aprender de ellas, vivenciarlas, agradecerles, respetarlas. Por el universo que representan en aquellas minúsculas esferas de colores.

Una vez tuve un sueño muy vívido. Desperté empapada en sudor con el corazón agitado como pocas veces antes. En mi sueño había visto ojos humanos que a medida que los observaba y acercaba a ellos, y cuanto más cerca me encontraba, más iban mutando en ojos de un ser desconocido. Ya no eran ojos humanos, eso seguro. Eran ojos de tamaño mucho mayor a los nuestros con la pupila y el iris de talles enormes, y dentro se podía observar movimiento muy llamativo. Al acercarme más y al agrandarse aún más el ojo, pude distinguir que lo que se movía no era el iris, sino que se abría ante mi un cielo infinito. Y los colores del iris formaban una tormenta enorme, de proporciones nunca antes vistas. Esa tormenta iba acercándose a mi, y me absorbía con una fuerza feroz. La luz de los rayos era tan cegadora y la energía que emitía tan intensa que intentaba quitar mi vista, pero la fuerza de atracción era tan fuerte que no lograba hacerlo. Todo el cuerpo me temblaba de miedo y la sobrecarga energética era más de lo que mi cuerpo lograba aguantar. Sentía que me desgarraba por dentro.

Era un universo reducido en un par de ojos. Unos ojos que representaban el cielo infinito y la fuerza de una tormenta. Hasta el día de hoy recuerdo aquel sueño tan vívido como si lo hubiera experimentado realmente. Tangible como pocos sueños. Inolvidable como muchos.

Este sueño tan solo me ayudó a confirmar lo que ya venia pensando respecto a las miradas. Y ayer viví una situación menos sorprendente pero que también me demostró la fuerza de la expresión de la mirada.

Me encontraba en un apartamento cuyos dueños tienen un perrito divino que como todos, siempre busca cariño. Como tantas veces nos sucede, ciegamente perdida en mis pensamientos, pasé por al lado casi esquivándolo y quise cerrar la puerta del cuarto. Él, esperanzado, estaba en la entrada del mismo cuarto, mirándome. Al darse cuenta que estaba cerrándose la puerta, en tan sólo un instante pude ver una mirada de decepción, tristeza y agonía mientras veía la puerta cerrarse frente a sus ojos. Yo ya estaba casi dándole la espalda, con la puerta a centímetros de cerrarse, pero esa agonía en sus ojos me hizo frenar en seco. Sentí una puntada en el corazón. Sin pensarlo dos veces volví a abrir la puerta, y me agaché para acariciarlo un rato. El cambio en su mirada fue instantáneo. Y para mí, nuevamente un ejemplo claro de la capacidad de expresión de las miradas.

Yendo por las calles se ven muchas miradas. Pero me pregunto cuántos prestan realmente atención a la mirada ajena. Qué es lo que vemos en el otro cuando nuestros ojos se cruzan? Qué expresamos y qué expresión captamos en ese encuentro fugaz de las miradas? Como si en el momento del cruce pasaran cosas que ni siquiera nuestra mente es conciente, pero que nuestro subconsciente tal vez mantiene para siempre en su recuerdo y permanece allí, nutriéndonos o deteriorándonos día a día.Cuánto daría por poder nutrirme de las miradas llenas de cariño y plena atención. Aquellas en las que me puedo perder infinidad de veces, como al perderme en el cielo sin fin de mis sueños.

Y cuántas miradas se han posado en mi ser, enseñanzas que hasta el día de hoy me nutren de conocimiento. Extrañamente, al redactar estas líneas, me doy cuenta que muchos de los momentos que más me transmitieron fueron instantes de pleno silencio. Dos miradas que se cruzaron y entendieron sin palabras. Dos cielos infinitos que se funden en uno solo.

De esta forma cada día me encuentro con maestros, simples seres de este planeta, que con profundas miradas transmiten sus experiencias de vidas. Y lo más maravilloso de este arte de mirar es que no importan las distancias ni el tiempo transcurrido, ni las creencias u opiniones de cada individuo, ya que lo aprendido a través de las miradas supera las fronteras del pensamiento.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Tirar la mochila


La vida es tan impredecible. Cuando más uno piensa manejarla y conocerla, más te das cuenta que en realidad no manejás absolutamente nada más que tu propia sonrisa. Es como vivir todos los días yendo por el mismo camino hasta que de repente, el día menos esperado, te das cuenta que cambiaste de rumbo y no te enteraste hasta que no llegás a un lugar totalmente desconocido y te detenés a observar a dónde has llegado.

Cada día me levantaba con una idea. Una idea de quién era, de dónde venía, de cómo debía comportarme, de quiénes eran mis amigos, hacia dónde iba a ir ese día. Todos los días armaba un plan, eligiendo qué vestir, qué decir, cómo ser. Sabía que así llegaría a ser alguien. Hacer lo que todos hacen. Estudiar, ir a la facultad, tener muchos amigos, vestirme y lucirme bien, hacer algún tipo de deporte, recibirme, trabajar. Y sobre todas las cosas, ser la mejor en todo lo que hacía. O si eso no era posible, al menos ser lo mejor que puedo ser y demostrarme a mí misma que soy capaz.

Generalmente siempre pude. Más allá de los miedos y las inseguridades, cuando empezaba algo lo terminaba, o si no lo terminaba al menos tenía una razón lo suficientemente válida para no sentir que fallé. Y tal vez nunca haya fallado en las cosas que me propuse. O tal vez sí, pero no lo haya querido reconocer.

Sólo sabía que estaba encaminada, que tendría una vida digna, con un título y un laburo digno de admirar.

Pero como sabemos, la vida no siempre resulta como uno quisiera o imagina. Los accidentes pasan, y de repente te encontrás en una isla desconocida y te das cuenta que todo lo que pensabas tener en realidad fue sólo un sueño que algún día se terminaría. O tal vez ese accidente nunca pasó sino que uno mismo giró el volante para tomar la ruta hacia lo desconocido y recién después de muchos kilómetros te detuviste al darte cuenta que ya no tenés todo aquello que siempre tuviste.

Todos los días caminamos con una mochila colgada de nuestra espalda que lleva todos nuestros recuerdos, deseos, sueños, enojos, aprendizajes, y aspiraciones. Esa mochila puede modificarse y aumentarse, pero pocas veces disminuye si no hay un cambio significativo que provoque esa disminución.

Sin embargo existen esos momentos decisivos en los que uno se vuelve “loco” y tira toda esa mochila a la basura y sale corriendo riéndose de la travesura. Y empieza a caminar en dirección opuesta, chocando con todas las personas que siguen el flujo normal de la vida y te critican por impedirles la trayectoria recta que tienen trazada en la mente. Y al darte cuenta que ya no tenés destino ni rumbo y que todos, incluso las personas que te conocen, te empujan hacia atrás, el primer impulso te hace retroceder y te dejás llevar un poco por la corriente arrepintiéndote de haberte despojado de todo aquello que te representaba y definía.

Y en algún momento el flujo de gente te empuja hacia un costado y quedás fuera del tránsito de la vida, y así como te empujaron y te caíste al piso, ahí te quedas, viendo cómo la vida sigue delante tuyo sin detenerse. Ya no te reconocen, y los pocos que te miran lo hacen con lástima o incluso disgusto porque te ven como un fracasado de la vida al no haber podido mantener el ritmo esperado. Y tirado allí te ponés a pensar en la mochila que tiraste, en todas tus pertenencias, tus recuerdos, tus deseos, tus sueños, y lo ilusorio que fue el futuro que te imaginaste. Y la ironía de la vida te causa gracia, y tu propio patetismo te hace reír.

Pero de repente te agarra nostalgia por todo aquello que perdiste, sobre todo al darte cuenta que cae la noche y ya no tenés hogar al que regresar, ni brazos que te sostengan, ya que vos mismo decidiste tirar todo. Cae la noche y terminás llorando a mares, ese llanto vergonzoso que nadie quiere escuchar. Y te vienen a callar diciendo que total fuiste vos solito el que tomó la decisión de tirar todo lo que habías logrado, y vos encima le das la razón y sólo le confirmás que sos un desastre.

Y en esa noche que para vos dura una eternidad recordás todo lo que fuiste y creías ser, y entre suspiros y lamentaciones empezás a ver que de todo aquello no quedó nada. Y en un charco que se formó delante tuyo (ya que encima hace rato se largó a llover y recién te das cuenta) ves el reflejo de alguien sin destino cuya mirada tan sólo expresa desesperación y miedo. Al darte cuenta que sos vos, vuelve el ataque de llanto sumado a un estado peligroso de desesperación en el que sos capaz de regresar a buscar tu mochila y volver a colocártela como si nada hubiese pasado.

Pero en el mismo momento que se te ocurre esa loca idea, ves un pequeño destello en ese mismo charco que venías observando y al mirar al cielo ves que ese destello proviene del reflejo generado por una estrella que a pesar de la lluvia logró encontrar su camino a través de las nubes, para reflejarse en el charquito y luego ser descubierto por vos y nadie más que vos.

Es en ese momento que te olvidás de la mochila y todo lo que representaba, te olvidás de la vida que tuviste y la que pudiste haber tenido, y te levantás de entre toda la mugre que se fue acumulando y empezás a caminar, obviamente sin rumbo, hacia lo desconocido. Tenés frío, estás sólo, sucio y sin fuerzas. Tampoco sabés a dónde ir, pero al menos decidiste caminar.

Por primera vez sos capaz de caminar sin ser llevado por las masas. Caminar en círculos, en zig-zag, hacia atrás, dando saltitos, rápido, despacio, corriendo y después de un rato reconocés que te sentís mucho más liviano sin la mochila. El peso que llevabas desapareció, y aunque dentro tuyo sigue habiendo un vacío amenazador que parece comerte por dentro, decidís volver a emprender algún camino, con la diferencia que esta vez irás a donde vos quieras, y no a donde el resto te obliga a ir.

¿Cuántas veces morimos en una vida? ¿Acaso realmente después de cada muerte se puede hablar de un renacimiento? ¿Volvemos a renacer luego de cada fracaso o cambio de vida que sufrimos? ¿O será que aquello que murió permanece muerto, y tan sólo seguimos caminando porque no nos queda otra? Tuve un par de muertes en mi vida, pero si hoy me veo reflejada en un espejo me veo más viva que nunca. Tal vez con la mirada un poco más cansada, pero a su vez se ha vuelto más transparente, más receptiva, más sensible.

Dentro de no mucho tiempo habrá pasado un año desde que tiré mi última gran mochila. Aquella que venía planeando y armando perfectamente toda mi vida. Aquella que se suponía me acompañaría toda la vida. Una mochila llena de responsabilidades, éxitos y grandes sueños y promesas. Y después de muchas noches de pensar y repensarla, un día decidí deshacerme de ella porque ya simplemente no me representaba.

Para muchos, o mejor dicho para todos, fue un shock. Incluso aquellos pocos que pensé que me comprenderían fueron sorprendidos por mi repentina (o no tan repentina) decisión de salirme del sistema (o de uno de muchos sistemas). Muchas lágrimas cayeron, un gran vacío fue formándose en mí, una voz que me repetía una y otra vez que había fracasado, pero en el momento que me di cuenta de la decisión que había tomado me sentí libre. Libre de ser quien quiero ser, de hacer lo que quiero hacer, y encontrar aquello que aún no pude encontrar en mí. Por primera vez en mucho tiempo volví a respirar sin dificultad, a sentir los latidos de mi corazón. Por primera vez en mucho tiempo me detuve y pude disfrutar de lo que es ver el sol todos los días, respirar el aire, sentir el viento y pude ver cuán muerta había estado durante tanto tiempo.

No es que asocio la responsabilidad con el encierro, ni la libertad con la vagancia. Para mí, el encierro es simplemente todo aquello que uno hace por obligación o presión o miedo, mientras que la libertad representa aquello que somos, la esencia que nos va guiando por lo correcto y nos aleja de lo incorrecto.

En mi caso el encierro significó seguir un camino únicamente para ser “alguien”, o mejor dicho, representar el papel de un “alguien”. Vivía día y noche fingiendo ser alguien que no era, viviendo una vida de un desconocido, haciendo y armando cosas que no me representaban. Y mientras mi imagen externa iba cumpliendo los deseos de aquellos que me rodeaban, dentro mío me iba perdiendo cada vez más tras consejos sin sentido. Cada día era una cadena más que me aferraba al piso, anclándome a una vida que no quería para mí.

El día que decidí hacer un alto fue el día que le abrí las puertas a la libertad para enseñarme a vivir de otra forma. Fue el día que me despedí de todas las viejas estructuras que me mantenían corriendo ciega hacia el abismo. Fue también el día de mi muerte, o de mi renacimiento. Junto con el abandono de la mochila vino la libertad, aquella que hasta el día de hoy me esta enseñando lo que realmente necesito para mi crecimiento. Que diste mucho de lo que otros creen necesario para el aprendizaje no me impide seguir buscando mi propio camino.

Creo que lo primero que aprendí fue escuchar a mi corazón antes que a los razonamientos mentales de terceros. Me habré peleado, habré llorado, me habré criticado demasiadas horas para aprender que mi corazón es el mejor maestro y que no importa cuánto intentemos luchar contra él, al final es el único que nuevamente nos muestra el camino después de habernos perdido.

El hecho concreto es que dejé esa mochila hace ya un tiempito. Cada tanto vuelvo la mirada atrás para asegurarme que realmente ya no está, ya que el cuerpo parece haberse acostumbrado un poco al peso de aquella responsabilidad, y se siente extraño poder andar por la vida sin el ceño fruncido. Pero aún cuando miro hacia atrás solamente puedo ver el sol sonriéndome o el viento empujándome hacia delante.

El plan de vida que me había armado se perdió junto con esa vieja mochila. Todo aquello que pude haber sido quedo atrás, dando lugar a lo que realmente soy. No en el futuro, sino en el presente. A veces me pongo a pensar que si hubiese seguido cargando aquel peso, habría vivido únicamente para mi yo del futuro, perdiéndome completamente de mi yo presente. Y vivir una vida armando una vida futura nunca fue mi idea, y tuve que golpearme fuerte la cabeza contra la pared para darme cuenta que así no iba a ningún lado. Hoy en día creo haber alcanzado el punto en el que logro disfrutar de cada día presente. Por eso los días se me hacen largos a pesar de que en realidad sea todo lo contrario. Hace un año ya que no hay un tiempo marcado para mí, sino que mi tiempo es dado por los latidos de mi corazón que a su vez armonizan con el tiempo de la naturaleza.

Hoy miro al espejo y veo una persona perdida, sin rumbo, fuera de cualquier estructura o sistema, pero por primera vez en mucho tiempo puedo reconocerme a mí misma en esa mirada. Sé que cuando sonrío, sonrío porque lo siento y que cuando miro algo, realmente veo.

Seguramente tendré que chocarme aún contra muchas rocas, ramas, y muros en mi camino que me harán detenerme o retroceder. Pero confío en que mi corazón sabrá marcar el camino hacia la libertad así como hasta el día de hoy siempre supo lo que era lo mejor para mí.

Hoy ya no tengo una idea de quién soy, a dónde voy, qué me define. Pero sé que estoy bien, sé que soy yo (sin importar quién es ese yo) y que no importa cuántas lágrimas tengan que correr, ni cuántas peleas tenga que enfrentar, habré elegido mi propio camino.

Miro a la gente con otros ojos, como si viera todo desde otra perspectiva. Y canto cuando tengo ganas de cantar, y sonrío cuando estoy feliz. Y cada vez que tengo que decir “gracias”, es porque realmente lo siento y vivo esa palabra en el fondo del alma. Saber que puedo amar y dar todo de mí sin importar el qué ni el cómo se siente a libertad, a estabilidad, a sana locura. Caminar sin rumbo sabiendo que estoy en el mejor camino me permite seguir intentándolo cada día con mi mejor esfuerzo. Puedo disfrutar de cada instante ya que solamente vivo en este mismo instante.

Y así algún dia retomaré mi rumbo, y sabré exactamente lo que tengo que hacer, cuándo y cómo. Lo sabré porque habré aprendido a confiar plenamente en mi corazón, y no en la ilusión de la mente y la vida.

miércoles, 29 de julio de 2009

Harta




















Pasa una nube tapando el sol. La nube oscurece, llueve. La tierra se humedece, el agua se filtra, las plantas crecen, purifican el aire. Algún día volverá a llover gracias a la nube, al cielo, al aire, a la tierra, a las plantas. Un ciclo que ha mantenido su curso por siglos, muchos. Así también el hombre que nace, vive y muere. Una y otra vez la misma historia. El hombre piensa ser importante, pero a nadie le importa si lo es o no. Qué importa si hay uno menos o uno más. Qué importa si un hombre camina o corre, si habla o grita, si calla o llora. Simplemente, el mundo sigue girando igual y el sol amanece como siempre. Nada especial, porque en silencio el universo se va dando, o siempre fue, o nunca fue otro, o nunca fue ni es el mismo. Tantas opciones, tantas posibilidades, tanta variedad y sin embargo tanta igualdad. Micro y macro no se diferencias más que en su palabra ilusoria. Qué es uno y qué es otro? Por qué diferenciarlos?

Seré sincera. No sé por qué escribo si nada de esto tiene un fin ni un significado. Tan sólo son momentos desperdiciados que me dedico a escribir con tal de no pensar. Debería ser al revés, pensar primero y luego escribir, pero no siempre sirve seguir el orden de las cosas. Total esto es solamente lo que es, ni más ni menos. Otro ciclo con comienzo y fin. Qué fin? Ninguno útil.

Estoy vacía. Mis días no significan nada. Mi cuerpo está mal, mi mente está mal, mi corazón está peor. Días y días intentando darle un significado a mi existencia, pero nada de lo que hago llena lo que no puede ser llenado, porque permanece vacío. Lo último no es la razón de lo primero, pero es parte de lo mismo. Está vacío porque no puede ser llenado. No puede ser llenado porque está vacío. Incluso eso está mal y se contradice.

Nada está bien, nada está en su orden. Y sin embargo debe tener un orden. O será solamente caos.

Por qué dejamos de ver? Será porque no queremos ver. Si ver al mundo y vernos a nosotros es lo mismo, entonces no debemos querer vernos. Con los años la vista empeora porque no queremos ver nuestro reflejo ni en el espejo ni en el mundo que creamos.

Quiero dejar de caminar, dejar de ver la nube y despertar cada día muerta, en una nueva ilusión. Dejar de morir, dejar de sentir que muero, que me devoran por dentro. Odio esta incertidumbre, estas dudas, estas preguntas sin respuesta. Odio la dualidad engañosa y la mente que se deja engañar. Mi mente, contaminada de tanta falsedad y enfermiza obstinación que no me permite ver más allá de esa dualidad odiosa.

Por qué siento que todo es mentira, que todo es completamente irreal. Caminar y preguntarme si realmente camino, respirar y dudar si realmente respiro. No conocer a la persona que está a mi lado, verle los ojos y no ver nada. Si ni siquiera puedo ver mi propio reflejo, qué pretendo ver en otros?

Siempre tener que cumplir con las reglas de esta vida. Esta rueda podrida que no para de girar y con cada giro se pudre aún más. Es tiempo de que se queme por siempre. Esta limitación que se nos impone. Constantemente limitados, frenados, engañados. Como robots siguiendo las mismas reglas, aún cuando creemos romperlas estamos siguiendo el mismo juego de siempre. Nada de lo que hagamos está fuera de estas reglas, leyes.

Esta soy yo? Y qué es el yo? Por qué yo? Y por qué estos pensamientos? De dónde vienen? Si nada de lo que hay es realmente mío, entonces ni el yo me pertenece. Entonces en dónde me deja eso a mí?

Harta de esta existencia, de este mundo que no da respuestas verdaderas. Harta de estos ciclos idénticos, de las historias que se repiten y se repiten y se repiten hasta el punto de enloquecernos. Ya estamos locos…cuánto más hay que soportar?

Pero a pesar de todo esto, a pesar de estas palabras y estos sentimientos sin sentido, de estos sentimientos caóticos que no logro condensar en frases elocuentes con algún tipo de contenido lógico, a pesar de todo esto la nube sigue su curso, tapando el sol, oscureciéndose, dejando caer sus gotas en silencio. Y en silencio permanezco mientras sigo muriendo por dentro.


jueves, 16 de julio de 2009

Mujer desnuda


















"La de todos los nombres posibles, la decapitada, la mujer-sexo, la mujer que por las noches nos visita en sueños. La que vaga por los bosques y camina herida, la que huye. La que sin violencia hace arder los lugares comunes, por combustión espontánea, la que derrumba los gestos y las costumbres. La mujer cuyo cuerpo nos figuramos con violencia, la que amamos con desprecio, la excusa anhelada para nuestro desenfreno. La mujer que esperamos poseer y que es más de lo que jamás tendremos. La mujer desnuda."


Diego Singer

domingo, 5 de abril de 2009

Utopía














Al caminar no vemos nada más que una infinidad de caras ajenas. Expresiones cuyo significado jamás entenderemos porque para lograrlo no alcanzaría una vida. Entonces la mayoría sigue de largo sin detenerse, en un flujo constante de idas y venidas, vueltas y regresos, deseos y recuerdos de eventos que no nos conciernen. Y sin embargo nos enfrentamos a sus historias en el segundo en que nos rozan, sea por equivocación o con cierta intención. Algo de la vida ajena nos es transmitido incluso con una mirada. Una mirada que puede cambiar nuestro día o nuestra vida para siempre. Quién les dio derecho a aquellas personas infiltrarse en nuestro más profundo ser con tan sólo una mirada? Nadie…ni siquiera ellos mismos; absortos en su propio universo no se dan cuenta lo que pueden llegar a causar en otros. Ni es su culpa no poder hacerlo; parte de nuestra ignorancia es no poder predecir los efectos que producimos en otros seres (en todo caso podemos prejuzgarlos, pero no tener absoluta certeza sobre ellos).

Podemos ir libremente por la vida sin detenernos a mirar a nuestro alrededor y ver con quién y dónde vivimos? Tanta ausencia de interés hacia el prójimo lleva a un egoísmo ya tan arraigado a cada uno que casi puede considerársela como ley natural del hombre: “primero soy, después son, en conclusión somos”.

Y si, utópicamente, invirtiéramos el orden de esa ley para convertirla en “primero somos, después son, en conclusión soy”? No me atrevería hablar de un mundo “perfecto” (la perfección pareciera estar sujeta a la subjetividad) pero sí a decir que los cambios pueden ocurrir y, en algunos casos, convertir una utopía en realidad.

“No tengo tiempo” no debería ser sinónimo de “no puedo conocerte, ergo no me acerco” sin detener la mirada por temor a encontrarnos con una verdad: que no nos equivocamos al querer conocer a los demás y por lo tanto, conocernos. Si no vemos la belleza de lo simple que nos rodea, cómo podríamos ver belleza en lo sutil de nuestra felicidad - la base de lo que “soy, son, somos” o “somos, son, soy”- algo tan poco tangible y a su vez absolutamente tangible en cada persona.



sábado, 14 de febrero de 2009

Gerlitzen Parte I














Puse, después de mucho tiempo, un CD que escuchábamos en Austria en el auto cada vez que subíamos la montaña donde mi vieja trabajaba como instructora de esquí, manejando por la ruta que llevaba por una parte lateral de la montaña, ya que en la parte frontal de la misma sólo subía las góndolas. Eran aproximadamente las 8 de la mañana, o antes, cuando nos encontrábamos en ese caminito ascendiendo. Claramente estaba cansada cada vez, pero al mismo tiempo no podía evitar sentir una cierta emoción sabiendo que podría esquiar todo el día. Esa montaña era mi hogar desde que tenía recuerdos y sentía que la conocía de memoria, más que muchos. Venían miles de extranjeros cada día, de Italia, Eslovenia, Ingleses, españoles, franceses. Esa gente casi siempre le tocaba a mi vieja ya que ella sabía hablar más idiomas que la mayoría de los instructores. Incluso si no sabía el idioma, de alguna forma podía arreglárselas para ser adorada por sus alumnos, desde niños de 5 años hasta gente mayor de 80…creo que le llegó a tocar de todo tipo y gusto jaja. Y toda esa gente venía y se iba, pero pocos se quedaban. Estaban los instructores, de los cuales también eran pocos los que trabajaban varios años consecutivos ahí. La mayoría dejaba luego de un par de temporadas para buscar otros trabajos o irse a donde sea que la vida los llevaba. Pero aquellos que quedaban, sea instructores, los de la administración, los dueños de los restaurantes y bares de la montaña, como los que manejaban las sillas y las góndolas, eran, para mi, mi familia. Ellos claramente también conocían la montaña de memoria, pero siempre tuve la duda si la conocían de la forma que yo sentía que la conocía. Sí, era chica, y la imaginación es amplia a esa edad. Pero más allá de todo, aún hoy estoy segura que esa montaña era mi hogar. No porque fuese un centro de esquí importante ni grande, al revés, era un milagro si pasaban un invierno sin tener que usar los generadores de nieve artificial. Pero aún así hubo inviernos en los que la nieve onda era una cosa inexplicable, la nieve virgen como nunca y yo buscando los lugares menos explorados de la montaña.

Pero las temporadas eran largas, los días eran largos. Cuando se tiene algo desde siempre, uno se imagina que nunca lo va a perder, más aún a esa edad, y no le da mucha importancia o mucho valor, sobre todo cuando se hace repetitivo. Y año tras año era lo mismo. Ir siempre que podía a la montaña. Sea con mi vieja a la mañana y volviendo al atardecer, o yendo sola después del colegio para encontrarme con ella o con amigos. Llegar hasta el centro de esquí, lo que para la mayoría suele ser toda una aventura, para mi era como pisar mi segundo hogar. Y sinceramente me encantaba esa sensación, de sentir que esa montaña era más mía que de la mayoría que me rodeaba. Nunca decía nada, pero sentía que las góndolas me conocían, sentía que el viento fresco que entraba por las ventanas abiertas de la góndola me era totalmente familiar. Las tormentas me divertían porque traían un cambio, y con él, diversión. En esos momentos generalmente esquiaba hasta el último momento, hasta que definitivamente paraban todas las sillas debido al viento. Era una sensación agradable quedarme sola en una silla para 4, en las sillas de adelante y atrás nadie, en las pistas nadie, y la silla parada por media hora o más siendo movida por el viento de un lado al otro. Yo me ponía a cantar, a hablarle a la montaña, a la silla, a mis esquís, o lo que sea que se me antojara. No niego que puteaba de vez en cuando, y que me moría de frío debido a la nieve y el viento y encima sin poder moverme por largos trechos. Pero más allá de eso, confiaba en la montaña, en las tormentas, en las sillas, en los que manejaban las sillas. Y la emoción de bajar pistas y pistas enteras sin un alma a la vista, con el viento empujándote de atrás y moviéndote sin ningún esfuerzo, la niebla y la nieve y la luz plana cegándote totalmente…eran momentos únicos, suicidas pero ciertamente fascinantes.

Pero sino, aparte de esos momentos de emoción, como dije antes, los días se hacían repetitivos. Al principio, los primeros años, mi vieja o yo misma me metía en cursos de esquí, con tal de tener algo de variación y sacarme la fiaca de esquiar. Pero con los años hasta los cursos se volvieron repetitivos, y pocas veces sentía que aprendía algo nuevo. Las pistas ya las conocía de memoria, los fuera de pistas también (aunque cada tanto trataba de inventar uno nuevo), los saltos ya no tenían la gracia del principio (aunque había un salto que siempre me dio miedo. Una vez lo hice, sin velocidad, simplemente dejándome caer desde arriba como un metro y medio, y claro que aterricé a lo bruto, parada, pero sintiendo el impacto en las articulaciones y columna. No me había puesto a pensar que esos saltos no estaban para hacerlos sin velocidad, pero por otro lado tampoco parecía así ya que después del salto no había ninguna pista, sino que se cruzaba perpendicularmente un caminito, por lo que automáticamente después del salto tenías que doblar o te llevabas puesto un árbol. Pero si venías con velocidad y agarrabas ese salto, el impulso te llevaría tan lejos que terminarías con suerte al límite del camino sin poder frenar a tiempo, o con mala suerte ya fuera de él…y doblar en el aire es una cosa que se ha catalogado como imposible. Entonces, en definitiva, nunca entendí cómo era posible hacer ese salto sin matarse. Hoy en día, pensándolo más objetivamente, supongo que no estaba pensado para ser un salto. Era simplemente una casita de la estatura de una persona, semi-metida en el lateral de la montaña (debido a la inclinación quedaban a la vista solo el techito, la puerta, y los laterales de la casita, no más de un metro y medio de profundidad, semi a la vista, siendo tapados parcialmente por la montaña misma) cuyo techito quedaba tapado por nieve dejando a la vista solo el frente de la casita (obvio que no era una casita, supongo que sólo servía para guardar elementos). Y si uno venía desde arriba podía tomar tranquilamente el techito como si fuese parte de la montaña, aunque obviamente nadie lo hacía porque era medio suicida. Encima por arriba pasaba una silla, y supongo que cualquiera era lo suficientemente inteligente como para no querer hacerse el vivo. Aunque sí hubo siempre huellas en la nieve sobre el techito, o sea que había más locos de lo que creía posible.

Como decía, retomando, las pistas ya no eran un reto para mí. Me parecían cortas, fáciles y encima plagadas de gente. Había aprendido a esquivar muy bien a la gente a altas velocidades, y con el tiempo se volvía incluso algo interesante. Debía calcular los movimientos de los que estaban por delante, tratando de ver cuándo doblarían, cómo doblarían, teniendo en cuenta si eran principiantes o conocedores, las distintas velocidades, posibles caídas, si venían en esquí o snowboard (muy distintos movimientos), si tenían chicos o estaban en compañía, si venían haciendo curvas amplias o cortas, si venían solos o en fila uno atrás del otro…muchas cosas a tener en cuenta cuando uno viene a una velocidad mayor…lo más que se permitía por la cantidad de gente y lo corto de las pistas. Todos los días sucedía algún accidente. Muchas veces los snowboarders se llevaban puesto a algún esquiador y alguno terminaba en el hospital. O sino se quebraban solitos, pero los casos de los snowboarders alocados eran bastante comunes. A veces me sentía identificada con ellos porque eran los que más se me asemejaban en tema velocidad y locura al esquivar a la gente. Realmente me parecía emocionante, aún sabiendo lo peligroso que era. La única diferencia que veía era que yo no me había llevado puesto a ninguno aún.

No me molestaba para nada estar sola. Podía hacer lo que se me antojaba. Cada tanto parada en un resto o bar a comer o tomar algo, o sino iba al centro de los instructores donde a la mañana dejaba mi mochila y mis cosas. Obviamente no siempre compraba comida ahí. La mayoría de las veces me llevaba sándwiches de casa que después comía en el playroom donde muchos de los instructores iban al mediodía con los grupos de chicos que se llevaban la propia comida, mientras otro de los instructores se llevaba al resto que compraba comida en algún bar. Ese playroom era un placer cuando el esquiar se me tornaba aburrido. Ahí había juegos, sillones, mesitas, instructores que entraban y salían con los que me quedaba hablando o escuchando sus conversaciones (a sólo una puerta del playroom estaba el vestuario con los lockers de ellos. No era realmente un vestuario porque no se cambiaban. Simplemente tenían lockers donde guardaban sus esquís y pertenencias) pero creo que lo que más hice en ese playroom fue dibujar. Tenían hojas enormes (en ese entonces los veía enormes, hoy pienso que deben haber sido A3 xD) y tenían tooodas las 4 paredes, en la parte superior nomás, para colgar los dibujos de los chicos que pasaban por ahí al mediodía con sus instructores. Como yo cuasi vivía ahí adentro y me encantaba dibujar y tenía tanto tiempo al pedo, había muuuchos dibujos míos ahí jaja. Como dicho entonces, el playroom era un placer…cuando estaba vacío. Pero al mediodía, cuando venían las bandas a almorzar, yo me tomaba mis sandwichitos y me iba afuera al bosque que estaba en frente que llevaba cuesta abajo (por ese bosque subía la ruta que tomábamos con el auto, como 40 minutos de viaje) o me iba por un caminito al lado del edificio cuesta arriba y me sentaba en el techo del edificio, teniendo a la vista toda la montaña con un par de pistas. Ese lugar en el techo después se hizo mi especie de refugio en la montaña. Me podía pasar horas ahí, por varias razones. Primero, el techo era plano y enorme. Segundo, estaba lleno de nieve que encima se acumulaba porque no pasaba nadie por ahí. Tercero, se podía tener una vista espléndida de la pista más cercana, del camino que llevaba hasta el edificio, de la gente que venía e iba y del laguito que estaba por ahí en alguna parte. Cuarto, había paz. Quinto, se podía tirar buenas bolas de nieve hacia los grupos de chicos que almorzaban en los bancos de afuera, a varios metros por debajo de donde estaban nosotras. Quinto, era para nosotras (una amiga y yo) nuestro lugar secreto y sagrado.

Esa chica también era hija de una instructora de esquí. Tenía mi misma edad, y estaba más o menos en la misma que yo. Nos llevábamos re bien y nos entendíamos perfectamente. Nos las pasábamos días enteros juntos, temporada tras temporada. Lo divertido era que durante el verano nunca nos veíamos. Solamente en la montaña nos encontrábamos, cada temporada, y nos sorprendíamos de nuestro mutuo crecimiento. Con ella podíamos divertirnos tanto en las pistas. Ella con su snowboard, yo de vez en cuando con esquí, de vez en cuando con snowbard, dependía de las ganas que tenía ese día de hacer una cosa u la otra. El snowboard me parecía más divertido únicamente porque no lo manejaba tan bien y lo veía como un desafío y algo distinto.

Pero con ella también nos aburríamos bastante, así que cruzábamos la ruta que llegaba desde el pie de la montaña hasta el centro de esquí, y nos subíamos a un mini cerrito que había ahí, de pocos metros de altura, desde el cual nos lanzábamos patinando hacia abajo, volvíamos a subir, y de nuevo, hacia abajo. Claro que en este caso, con el traste en el piso y sin esquís =P En ese cerro nos quedábamos horas también, inventando juegos, hablando, o escondiéndonos y observando a la gente que pasaba, riéndonos si eran instructores que conocíamos. Del otro lado del cerrito seguía el caminito que tomaba una curva ahí, y cruzando esa segunda parte del caminito, se llegaba al bosque bosque, que iba cuesta abajo…y bastaaaante inclinado. Había árboles por todas partes, pero sino nada, la cuesta bastante empinada nomás, y nieve muuy onda. Ahí nos gustaba explorar todo lo posible. Creíamos ver osos dormidos o muertos debajo de una pila gigante de ramas, veíamos conejos corriendo por la nieve (lo del oso obvio que dudo que haya sido cierto, aunque en ese momento las dos salimos corriendo gritando y yo hubiese jurado que era cierto haber visto lo que vimos, aunque después a ambas nos parecía una locura, pero los conejos y las ardillas las veíamos realmente porque son comunes). Una vez, a mi insistencia, decidimos ir cuesta abajo, sabiendo todo el esfuerzo que nos costaría volver a subir. Teníamos todo el día por delante y estábamos sin ganas de esquiar. Queríamos explorar el bosque y ver si encontrábamos algo interesante. Total, nadie nos buscaría durante el día pensando que estaríamos rondando por ahí (cosa que era cierta, “por ahí” en la montaña podía ser cualquier parte). Descendimos por mucho tiempo, patinándonos bastante o golpeándonos contra ramas o piedras escondidas bajo la nieve. Ella quería volver pero yo le seguí insistiendo. De repente llegamos a una casita, una cabaña que por su tamaño no daba abasto para más de una cama, una mesa, una mini cocina, un baño y listo. Estaba hecha a mano, rústicamente, y dudábamos de si esa cabaña estaría abandonada o no. La primera vez que la vimos, del espanto y el miedo que nos produjo, gritamos al unísono y emprendimos el regreso…corriendo. Intentábamos correr al menos. Le teníamos pánico a la casita. Parecía abandonada y embrujada, aunque no tenía un aspecto tan malo. Era sólo que encontrarla tan lejos de cualquier civilización nos producía una cierta incomodidad. Con la nieve onda, las botas d esquí o snowboard, la inclinación, las ramas, los árboles, las piedras, y el largo del trecho que teníamos que subir…estábamos totalmente desesperadas. Teníamos miedo en serio de que saliera algún loco a seguirnos, y nos sentíamos tan lentas que estábamos seguras que nos alcanzaría y nos mataría. Una vez que llegamos arriba, totalmente agotadas, no queríamos volver nunca más ahí. Claro que la intriga era más grande que cualquier temor, así que nos volvimos a meter ahí muchas veces más, aunque nunca se nos fue la sensación del miedo e incomodidad. Llegamos a acercarnos a la cabaña, tratar de espiar por agujeros de la madera, llegar a reconocer que había una cama, una cocina, una mesa, etc, pero cero señal de vida. Mucho no se veía igual. Parte de la cabaña era una especie de establo muy pequeño, oscuro, la madera de las paredes de mucha peor calidad y dejando muchos espacios para espiar. Había cofres adentro, de los antiguos, y nuestra intriga era enorme a su vez que el miedo nos espantaba. Intentábamos inútilmente abrir la puerta del establo, incluso a las patadas (sí, admito que pateé la puerta mil veces con las botas de esquí….la madera no era muy resistente, o no lo parecía al menos. La puerta en sí no era lo más resistente, y si hubiésemos insistido, con el tiempo tal vez lo hubiésemos logrado, pero la verdad es que teníamos muchísimo miedo. Miedo que nos descubrieran, miedo que si alguien realmente venía ahí de vez en cuando y viera eso así, podría de alguna forma encontrar evidencia nuestra, seguir nuestros pasos hasta el centro de esquí, miedo al interior de los cofres, al interior del establo en general ya que la oscuridad seguía siendo importante y no veíamos todo adentro.) Al final, el miedo nos venció y tratamos de no acercarnos más a esa casa, no bajar más la ladera porque realmente era insoportable querer escapar y subir, y ver que se hacía tan difícil…era desesperante. Y a mí personalmente, cada vez que pisaba ese bosque, me agarraba una sensación incómoda, como si hubiera algo en ese bosque que no me gustara. Tal vez era la paranoia por la cabaña, o el silencio enorme…no sé, pero con el tiempo dejé de ir tantas veces a ese bosque.